lunes, 13 de mayo de 2013

Más allá de la teoría: La práctica de la construcción del socialismo en América Latina

Por toni  solo y Jorge Capelán.
Para la maquinaria propagandística imperial, los gobiernos y dirigentes de izquierda en América Latina son demasiado izquierdistas, falsos izquierdistas, fanáticos ciegos, astutos Machiavellos, capitalistas vestidos de rojo, enemigos jurados del libre mercado y muchos otros pares de cosas contradictorias a la vez.
Esto es así porque el propósito de la propaganda es el de hacerle imposible a su población-blanco el comprender la realidad. Al promover la desconfianza, la ansiedad y la confusión entre aquellos sectores del público que en los países imperialistas podrían ofrecer resistencia a los planes de sus gobernantes, los estrategas de la guerra esperan poder neutralizar cualquier esfuerzo de solidaridad con sus víctimas.
Desgraciadamente, la mayoría de los movimientos e intelectuales progresistas y radicales en Europa y Norte América tienen problemas para aceptar esta verdad, independientemente de su experiencia, su reputación, o su comprensión de lo que el imperio rutinariamente le hace a la humanidad.
Sin estar directamente involucrado en ellos, casi ninguno de estos intelectuales o movimientos puede ofrecer una versión veraz y justa de los diversos procesos revolucionarios latinoamericanos. Podrán avanzar teorías o esquemas más o menos plausibles, pero siempre les va a escapar lo fundamental de la tarea práctica de conquistar el poder y llevar a cabo cambios radicales. Son muchos los ejemplos de esto.
Es un error depender enteramente de los análisis de académicos como, por ejemplo, Noam Chomsky o James Petras para comprender lo que ocurre en América Latina. los esquemas de estos escritores tienden a colapsar frente a realidades específicas. No es necesario ser adepto del anti-estalinismo del historiador inglés E.P.Thompson y perderse en su callejón sin salida socialdemócrata para reconocer la validez del argumento central de su libro “La Pobreza de la Teoría” en contra del pseudo-marxismo idealista.

El artículo "Pink Tide in Latin America: An Alliance Between Local Capital and Socialism" [Marea Rosada en América Latina: Una Alianza entre el Capital Local y el Socialismo] de Mahdi Darius Nazemroaya publicado el 3 de mayo 2013 por Global Research es un ejemplo de este problema. En los últimos párrafos de su artículo - de hecho una serie de reflexiones sobre el futuro desarrollo de los acontecimientos en la región después de la muerte de Hugo Chávez - el autor escribe,

"Se puede argumentar que la corriente política (de izquierda) en América Latina tiene más que ver con la independencia económica y financiera que con un proyecto socialista que amenace al sistema global capitalista.”
Sin elaborar más sobre este tesis, el texto de Nazemroaya es de hecho un ejercicio de disección inconsecuente y superficial de los gobiernos progresistas y radicales de la región, con el propósito de cuestionar el carácter anti-capitalista del proceso de integración actualmente en camino en América Latina. Dado que el análisis de Nazemroaya difunde muchos prejuicios y errores que son funcionales a la campaña de propaganda imperial contra este proceso y esos gobiernos, nos vemos obligados a contestarlo. Pero primero, abordaremos el argumento central que, sin fundamentarlo de una manera adecuada, avanza Nazemroaya.
Sin duda, hay una sinergia (conflictiva) entre (algunos) intereses capitalistas y los intereses que pugnan por el socialismo tras el actual movimiento hacia la unidad e independencia latinoamericana. Hay una enorme cantidad de dinero en las manos de las oligarquías latinoamericanas que, en las circunstancias apropiadas, podría ser invertido en la región en vez de ser depositado en algún banco suizo o en un paraíso fiscal. Algunos motores del proceso hacia la emancipación latinoamericana y caribeña se explican por la presencia de China como un importante prestamista e inversionista regional, por el estancamiento de las economías europeas y estadounidense y por los masivos proyectos de desarrollo impulsados por los gobiernos que Nazemroaya designa con el término despectivo de “marea rosada”. Pero ¿quiere decir esto que lo que lo que hoy está sucediendo en América Latina no es la emergencia de “un proyecto socialista que amenace al sistema global capitalista”?
Quien no entienda el valor anti-capitalista de acabar de una sola vez con la hegemonía del imperialismo occidental debería dedicarse a escribir novelas de ciencia ficción en vez de hacer de cuentas que está combatiendo al capitalismo. Es extraño que un editor de Global Research no comprenda esto. Sin embargo, el proyecto latinoamericano y caribeño de independencia e integración alberga mucho más que solo la ambición de construir un mundo multi-polar.
En América Latina es imposible comprometerse con la construcción de las alternativas socialistas y anti-capitalistas sin al mismo tiempo luchar por la integración política, económica y hasta cultural del continente. “Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria.” (1) Ese es el legado de Bolívar, igual que fue el de Martí, Sandino, Mariátegui, Gaitán, el Che, Fidel Castro y muchos otros revolucionarios latinoamericanos y caribeños desde la Independencia. Es así porque los poderes coloniales e imperiales necesitaban dividir la región en países pequeños para poder explotar sus recursos y su mano de obra. Esto no es algo que inventó Hugo Chávez, sino que es una lección aprendida hace mucho tiempo aquí en América Latina.
Al centro del proceso de independencia e integración está la Alianza Bolivariana, ALBA, compuesta de 8 miembros plenos con una población de más de setenta millones de personas, un 15% de la población regional. A este núcleo se suma un número creciente de países que participan como miembros invitados y observadores. Las relaciones económicas del ALBA no se basan en las ganancias sino en la solidaridad y la complementariedad entre sus países miembros. Tampoco es una alianza de conveniencia. Más bien, es un proyecto dirigido a consolidar una unidad política superior al capitalismo. No se basa tampoco en la caridad Venezolana sino en el uso de los recursos comunes de la región como una palanca que permita a sus países miembros dejar atrás el capitalismo.

Por medio del ALBA y organizaciones como Petrocaribe, con dieciocho países miembros, el petróleo venezolano se re-invierte en los países no productores del petróleo en programas sociales y económicos financiados por préstamos a largo plazo con mínimas tasas de interés. Esto mejora la liquidez del gasto público de estos países de una manera muy importante, liberando fondos para políticas de crédito fuera de la camisa de fuerza de la banca privada. Así se permite a un país eminentemente agropecuario como Nicaragua diversificar sus contrapartes comerciales a la vez que diversifica su economía y añade valor a sus productos de exportación.
Entre Venezuela, Cuba y los demás países del ALBA, hay intercambios a todos los niveles dirigidos a compartir experiencias en los ámbitos sociales, económicos tecnológicos y culturales. Por ejemplo, campesinos nicaragüenses viajan a Venezuela para compartir sus experiencias cooperativistas y así aportar al aumento de la producción de alimentos en Venezuela. Personal cubano de muchos diferentes campos, especialmente de la salud y la educación, juegan un papel muy importante en muchos programas sociales en varios de los países, pero a la vez que comparten sus experiencias, aprenden también de las experiencias de sus homólogos en la región.
Ahora, en vez del dólar estadounidense, los países del ALBA han empezado usar sus propias monedas nacionales para el comercio intra-regional. Para esto se ha diseñado el Sistema Unificado de Compensación Regional (SUCRE). El SUCRE se ha desarrollado junto con toda una arquitectura financiera regional, que incluye un Banco del ALBA, con el objetivo de blindar la región de las secuelas del colapso del capitalismo en Europa y Norte América. Con todos estos ejemplos, resulta poco realista negar la dinámica anti-capitalista del ALBA. Sería todavía más imprudente negar la influencia que los éxitos del ALBA han tenido en el resto de la región.
El ALBA fue fundado en 2004 en base de un acuerdo entre Venezuela y Cuba. Al año siguiente, en 2005, en la Cumbre de las Américas en Mar de Plata Argentina, se enterró la iniciativa estadounidense de hacer un Área de Libre Comercio en las Américas, el ALCA. Allí la mayoría de los gobiernos latinoamericanos rehusaron aceptar la oferta del Presidente George W. Bush de “abran sus mercados o de lo contrario....”. Sin el liderazgo conjunto de Hugo Chavez, Evo Morales, Lula da Silva y el entonces presidente Néstor Kirchner de Argentina, esta derrota estratégica del imperialismo en América Latina no habría sido posible.
Ahora con la formación el 23 de febrero del 2010 de la Comunidad de Estados Lationamericanos y Caribeños (CELAC), los treinta y tres países de la región por primera vez en la historia han creado una organización fuera del control de los Estados Unidos y Canadá. Sin el papel cumplido por Cuba, Venezuela, Ecuador, Bolivia and Nicaragua, el perfil de CELAC no sería tan integral como lo es hoy en día. La contribución de Venezuela ha sido vital, no solamente por la dimensión estratégica de la Revolución Bolivariana sino también, por ejemplo, por su maejo inteligente de los sectores más reaccionarios de la oligarquía colombiana representados por el ex-Presidente Álvaro Uribe.
Es claro que algunos intereses capitalistas ven importantes oportunidades en todos estos acontecimientos, peor no están organizados políticamente. La derecha latinoamericana está dominada por partidos políticos muy agresivos, reaccionarios y fieles al imperio, y por redes derechistas a nivel continental de las que quizás el componente más importante son los medios corporativos. Diariamente, esta constelación derechista monta campañas conspirativas de desinformación y agresión contra casi todos los gobiernos en América Latina y el Caribe, especialmente contra aquellos de tendencia progresista o radical.
En su artículo, Nazemroaya cuestiona las credenciales anti-capitalistas o socialistas de estos gobiernos. A la vez que él advierta contra “el exceso de simplificación y las caracterizaciones románticas”, y aunque él intenta definir lo que entiende por “izquierda”, Nazemroaya confunde conceptos y saca los hechos de su contexto para terminar con una lista flexible de aspectos más o menos halagadores que le permitan construir un retrato negativo de los acontecimientos en América Latina.
Empecemos con los conceptos. De manera correcta, Nazemroaya define “izquierda” y “derecha” como posiciones políticas dentro de un contexto dado. Pero casi inmediatamente procede a abandonar todo esfuerzo de entender la multiplicidad de los contextos que componen la realidad regional para así enfocarse en el hecho de que existe una plétora de “Izquierdas” en América Latina, que reciben la descripción derogatoria “un puñado ecléctico”.
Nazemroaya va más allá y asevera que “los gobiernos de izquierda en América Latina no operan estrictamente a la izquierda” pues, conforme con su opinión, hay una “izquierda verdadera” (una Izquierda sin contexto alguno y que él elige definir como genuina) y algún tipo de “izquierda tipo-imitación” (también libre de contexto y que él elige definir como falsa). Como prueba de esta aseveración, Nazemroaya se refiere a un supuesto “debate sobre si el proyecto socialista cubano se reforma de manera genuina o si eventualmente seguirá el camino de una restauración del capitalismo como en China y Vietnam.”
No se sabe dónde existe un debate de ese tipo, tal vez será en algún café de Toronto. Ese no es un argumento serio por dos motivos: Primero, porque la mera existencia de un debate sobre el futuro curso de una revolución no demuestra la verdadera orientación de esa revolución. Y segundo, porque Nazemroaya acepta como verdades establecidas sus opiniones sobre el socialismo en China y Vietnam sin sentir la necesidad de entrar en mayores detalles.
De hecho, tan cierto es que hay muchas “izquierdas” en América Latina, como lo es el hecho de que existe una vasta experiencia de discusión colectiva entre esas izquierdas. Un ejemplo de esto es el Foro Sao Paulo, el cual desde 1990 ha reunido a más de 90 organizaciones políticas de casi todos los países de la región, incluyendo a Puerto Rico. La mayoría de los países están representados por varios partidos políticos. En el caso de países como Argentina y Uruguay, participan hasta doce o más organizaciones.
Para mencionar solo algunas de estas organizaciones, van del Partido Socialista de Chile al Partido Comunista de Cuba, o de los diferentes partidos peronistas de Argentina hasta los nacionalistas de Perú. Por más de veinte años, este diverso grupo de organizaciones ha logrado llevar a cabo muchos debates y ha alcanzado consensos alrededor de temas claves como la lucha contra el genocida bloqueo estadounidense contra Cuba, el apoyo a la Revolución Bolivariana en Venezuela y el ALBA, así como al proyecto de la integración continental.
La enorme ola continental de solidaridad con la Revolución Bolivariana después de la muerte del Presidente Comandante Hugo Chávez, especialmente frente a la violencia fascista de los matones de Capriles Radonski, es otro caso relevante de la capacidad de la variada gama de movimientos de izquierda de dejar a un lado sus diferencias para juntarse en torno a una causa común. Sin la existencia de mecanismos y procesos como estos, habría sido imposible movilizar en meses recientes un movimiento capaz de denunciar la gira mundial de la mercenaria cubana de la CIA Yoani Sánchez. En capital tras capital América Latina, Sánchez fue recibida por grandes grupos de activistas quienes en algunas ocasiones lograron forzarla a cancelar algunas de sus actividades.
Otro caso relevante es la existencia de la Red de Intelectuales en Defensa de la Humanidad, compuesta de cientos, quizás miles de intelectuales de todo el mundo de un espectro ideológico muy amplio. Esta red rutinariamente organiza campañas en defensa de Cuba, Venezuela y los demás países del ALBA igual que lo han hecho contra los intentos golpìstas en países como Honduras, Ecuador o Paraguay. Sin negar las diferencias que existen entre varios de los movimientos políticos en cuestión, es necesario enfatizar que existe una comprensión cada vez más común de los problemas y desafíos que se tienen por delante.
Nazemroaya advierte contra la generalizaciones fáciles y en seguida hace generalizaciones toscas como la siguiente:

"Las élites compradoras en América Latina son los representantes locales de las corporaciones extranjeras y de los gobiernos e intereses foráneos que han explotado América Latina durante siglos. Estas élites compradoras pueden ser descritas con toda franqueza como los 'Negros de casa' o como la clase alta racista que históricamente ha gobernado América Latina y manejado sus riquezas y sus recursos a favor de los diversos centros del poder en otras partes del mundo que han controlado la región. Hoy en día, las élites compradoras de la región se han alineado en su mayoría con los Estados Unidos y prefieren Miami o New York a Caracas o Quito".
Un comentario obvio inicial sobre esta descripción es que si “las élites compradoras de la región se han alineado en su mayoría con los Estados Unidos y prefieren Miami o New York a Caracas o Quito" hay que preguntarse como pueden ser la fuerza motriz de un proceso de integración regional que no es para nada del agrado de los Estados Unidos, la Unión Europea y la OTAN. ¿Serán realmente la fuerza motriz, como sugiere Nazemroaya, de este proceso de integración?
Este es el tipo de generalizaciones toscas y simples que le hace imposible entender los contextos y características de los diferentes países de la región. Son esos contextos y características los que explican por qué hay tantas variedades de izquierdas las que, vale la pena repetirlo, demuestran una capacidad asombrosa de cooperar y de llegar a consensos sobre muchos temas importantes. Además, este tipo de generalizaciones le hace imposible entender las complejidades de las relaciones internacionales entre los países de la región. Un claro ejemplo es el caso de las relaciones entre Colombia y Venezuela y el Proceso de Paz que ha tomado lugar entre las FARC-EP y el Presidente Santos.
Las treinta y tres naciones que componen América Central y el Caribe se han encontrado en una situación común de dependencia de los poderes imperialistas, pero también muestran muchas diferencias sorprendentes. Países como Chile, Argentina o Uruguay tienen una influencia cultural europea muy fuerte, mientras otros países como Guatemala o Bolivia tienen grandes mayorías indígenas. Algunas oligarquías de la región son más ricas que otras. Otras, a su vez, han tenido mayor libertad para implementar políticas de sustitución de importaciones.
Algunos países como Honduras o Paraguay han sido sujetos a un estado de extremo subdesarrollo de la manera más despiadada por represivos régimenes dictatoriales. En cambio otros, como Ecuador o Uruguay, han disfrutado períodos relativamente largos de exitosas reformas. Aunque América Latina es la región más desigual del mundo, no todos los países y sus sociedades sufren el mismo nivel de pobreza o de subdesarrollo. Formas diferentes de inserción en el mercado mundial, diferentes culturas políticas, diferentes realidades sociales explican las diferencias entre los sujetos políticos.
De la misma manera, cabe preguntarse en qué sentido, como plantea Nazemroaya, "Las élites compradoras en América Latina son los representantes locales de las corporaciones extranjeras y gobiernos y intereses foráneos que han explotado América Latina durante siglos”. Esas élites son eso y muchas otras cosas más. Si es cierto que son los intermediarios entre los intereses de los transnacionales occidentales y los mercados de la región, también hay que notar que en muchos casos son actores con un peso específico propio.
Un ejemplo obvio es el caso del mexicano Carlos Slim, el hombre más rico del mundo. Otro caso es el del sector de los capitalistas colombianos representados por el Presidente Santos o, también por ciertos sectores de la oligarquía brasileña. Es evidente que todos estos ejemplos son de grupos que temen al socialismo y la mayoría de las políticas progresistas que apunten en esa dirección. Pero también tienen mucho miedo de la posibilidad de una catástrofe socio-política que podría hacer esfumar sus excedentes. En muchos casos, aunque sea de manera renuente, han tenido que aceptar muchas de las políticas progresistas y radicales, aun cuando sus medios de comunicación lanzan todo su veneno contra los gobiernos que ejecutan esas políticas.
A falta de un mejor marco de referencia política, Nazemroaya toma prestada la tipología de la izquierda en América Latina y el Caribe planteada por el distinguido sociólogo norteamericano James Petras. Pero éste es uno de los planteamientos más débiles de Petras. Con este esquema Petras cae en la tentación típica de los intelectuales occidentales de distribuir pequeñas estrellas de aprobación revolucionaria a los movimientos que a él en determinado momento le gustan, sin tomar en cuenta las circunstancias concretas de sus respectivas luchas.
Así, sin entender muchos de los verdaderos retos de la transformación social en el mundo real y los límites existentes del poder político, James Petras proyecta sus románticos ideales revolucionarios sobre diferentes movimientos y sujetos. Cuando esos movimientos en la vida real no se comportan de acuerdo con los deseos de Petras, él responde abandonándolos o advertiéndoles de una manera condescendiente que han se han vendido. Parece que no entiende el valor de la construcción nacional para materializar un proyecto socialista del tipo que sea. Así, por ejemplo en Argentina, él rechaza movimientos como el Peronismo, obviando el apoyo obstinado del que goza entre las masas obreras.
Frente a la realidad, la división esquemática de Petras entre “izquierda radicalt”, “izquierda pragmática”, “neo-liberales pragmáticos” y “régimenes neo-liberales dogmáticos” está muy equivocada. Si las FARC-EP estuviesen en la misma situación que el Partido Socialista Unificado de Venezuela, ciertamente actuarían en la misma línea que el PSUV. De hecho, las FARC-EP apoyan a la Revolución Bolivariana en Venezuela y comparten su fuente de inspiración que es el legado de Simón Bolívar.

En Brasil, el Movimiento de Trabajadores Sin Tierra (MST) apoya al Partido de los Trabajadores (PT), aunque sea de una manera crítica. Mientras con razón critica la estrategia de desarrollo del partido de Lula y Dilma Rousseff orientada hacia las agro-empresas, el MST entiende los impedimentos que restringen las políticas del gobierno del PT por depender de alianzas con otras fuerzas políticas en un país de inmensa extensión territorial y en el que la oligarquía conserva mucho poder en diferentes niveles. Además, el MST entiende muy bien lo que implicaría el regreso al poder político en Brasil de la derecha neoliberal.
Con respecto a Argentina, al la vez que es un rotundo insulto llamar a Cristina Fernández una “neoliberal pragmática”, también es una falta irresponsable de solidaridad con un gobierno progresista sujeto cada día a las más extremas campañas de desestabilización de parte de la oligarquía. Ningún régimen neoliberal aumenta el salario mínimo y las pensiones, mejora la educación pública o enfrenta la pobreza de manera decidida. Tampoco se ha visto ningún gobierno neoliberal decirle adiós al FMI de la manera que lo ha hecho Argentina bajo la conducción de los “neoliberales pragmáticos” Néstor Kirchner y Cristina Fernández.
Lo mismo se puede decir del gobierno de Mauricio Funes en El Salvador, donde el FMLN parece estar bien encaminado aganar las elecciones en febrero del 2014 con su propio candidato. Incapaces de identificar acertadamente procesos y acumulaciones de fuerza, analistas dogmáticos como Petras o Nazemroaya ven solo traición, vendepatrias, neoliberales y capitalistas por todos lados. La naturaleza superficial del análisis de escritores como James Petras se vuelve pura mala fe en el caso de algunos países que nunca o rara vez menciona, como Nicaragua, donde las cooperativas aportan 40% del PIB y un 70% de la fuerza laboral.
En el caso de Nicaragua, se dio un incidente a medianos de 2008, cuando un grupo de intelectuales occidentales, entre ellos Noam Chomsky, escribieron una carta pública en apoyo a una huelga de hambre de la ex-dirigente del FSLN, Dora Maria Tellez. La Señora Tellez estaba protestando contra el retiro, de parte del Consejo Supremo Electoral, de la personería jurídica, ya que su partido, el MRS, había incumplido las normas electorales. Esta decisión hizo imposible que la alianza política del MRS pudiera participar en las elecciones municipales en noviembre de aquel año.
Casi inmediatamente después de que Chomsky y los otros intelectuales publicaran su carta de apoyo a Téllez, el MRS entró en alianza electoral con el corrupto partido de derecha, el PLC. de Arnoldo Alemán. Hieron campaña con especial esmero a favor del banquero reaccionario Eduardo Montealegre, quien sigue evadiendo ser procesado por un fraude bancario multi-millonario de sus tiempos como ministro en el gobierno del Dr. Arnoldo Alemán. Está muy claro que el MRS logró engañar a los intelectuales occidentales que apoyaron a Dora Maria Tellez en 2008 porque no conocían la realidad política de Nicaragua. Si alguien todavía duda de la lealtad el MRS al gobierno de los Estados Unidos, solo tiene que leer algunos de los cables diplomáticos relevantes filtrados recientemente por Wikileaks.
Ese caso solo ilustra los problemas provocados por depender en los esquemas demasiado nítidos de la clase intelectual-gerencial que domina la producción intelectual en Norte América y Europa.
Así, cuando Nazemroaya cita a James Petras como su punto de referencia teórica en su reciente artículo sobre América Latina, se debe aplicar un escepticismo extremo a sus argumentos para lograr ver la realidad. Entre las típicas ausencias de James Petras y sus homólogos es entendible que una de las omisiones más evidentes sea Nicaragua. En una de sus raras menciones a la política actual de la Patria de Sandino, sobre las elecciones de noviembre de 2011 ganadas por amplio margen por el Frente Sandinista, Petras dice:
“No hay ningún cambio estructural en Nicaragua. Últimamente Ortega ha pactado zonas libres con los maquiladores de gran capital. Sigue formando alianzas con la derecha como el corrupto Arnoldo Alemán que se presentó como candidato. En este sentido Ortega es un político de políticas de parches: parches aquí, parches allá. Pero frente a la oposición de la ultra derecha los votantes prefieren los programas financiados por el presidente Chávez por sobre lo que ofrece la derecha que es simplemente palos sin zanahoria. No debemos confundirnos en este sentido de que la victoria de Ortega representa una gran victoria para la izquierda. Es una victoria más que nada del centro-derecha con apoyo de Chávez.”
Aparte de la profunda ignorancia sobre la realidad política de Nicaragua (por ejemplo, nunca hubo una “alianza” entre el FSLN y Alemán, sino un pacto, que se rompió varios años antes de esas elecciones, con el fin de dividir a la derecha y lograr mayores oportunidades de ganar en primera ronda) el análisis de Petras deja de lado aspectos muy importantes de la política social y económica del Frente Sandinista que están ampliamente documentados. Pero además, Petras ignora que el Frente Sandinista suspendió las relaciones con Israel a raíz del atroz ataque sionista a la Flotilla de la Libertad, o decidió dar asilo político a las jóvenes mexicanas que fueron capturadas en el campamento de las FARC que Colombia bombardeó en territorio ecuatoriano en marzo de 2008. Si eso no es política de izquierda, entonces cabría preguntarse qué lo es para el doctor James Petras.
Analistas como Petras, ven que determinado gobierno se encuentra ejcutando un programa del FMI pero no ven que se está disminuyendo el dominio del FMI en ese mismo país. Ven que determinado gobierno depende de las agro-exportaciones pero no ven como está diversificando su economía y llegando a ser menos dependiente de una gama restringida de exportaciones. Ven capitalistas y exclaman “¡Neoliberalismo! ¡Extractivismo!” sin tan siquiera proponer una alternativa factible que le podría permitir a ese país desarrollar sus fuerzas productivas. Y cuando sí ven a un determinado gobierno implementar esas alternativas ¡dicen que no es suficiente!
A las revoluciones se aplica el viejo dicho latinoamericano, “Es fácil verla pasar de lejos, lo difícil es acercarse a platicar con ella.”
Un trato así, superficial y poco respetuoso de los acontecimientos en América Latina, presenta dos tipos de problemas: El primero es que hace mucho más difícil la solidaridad práctica, especialmente hoy cuando Washington está aumentando su campaña fascista a escala continental contra América Latina. El segundo tipo de problemas tiene que ver con la importancia crucial de la experiencia latinoamericana para los nuevos proyectos más alla del capitalismo que puedan surgir en muchas otras partes del mundo.

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