sábado, 5 de mayo de 2012

Sobre la legalización de las drogas

Jorge Capelán. RLP / TcS.

En ciertos círculos de las izquierdas, especialmente en los Estados Unidos, se propone la legalización de las drogas como un remedio a los efectos destructivos de la guerra contra las drogas. No es una cuestión tan sencilla, y para nuestros países es potencialmente muy peligrosa. De hecho, tras esa campaña a favor de la liberalización del tráfico de drogas se esconden intereses que son parte integrante de la élite de poder imperial, como la Corporación RAND, el Instituto CATO o las redes de influencia política del magnate George Soros.
Según esta visión, las drogas ilegales deberían ser tratadas como otras drogas, tales como el tabaco y el alcohol, como un problema social. Si se pudiesen vender libremente en el mercado, desaparecería todo incentivo para la militarización y el tráfico de armas y otros actos del crimen organizado relacionados con el tráfico ilegal.
La idea de que muerto el perro de la prohibición desaparecerá la rabia de la guerra contra las drogas, a simple vista suena sensata, pero en la práctica omite una serie de realidades y de intereses.
El tema de las drogas no puede ser tratado aisladamente del tema del capitalismo, por eso, ninguna solución fundamentalmente centrada en el comercio podrá resolver la cuestión de los efectos del narcotráfico.
Es cierto que prácticamente no han existido sociedades en las que la gente no haya hecho uso de sustancias, a menudo adictivas, con efectos como la alteración de los estados de conciencia, entre otros. Pero es bajo el capitalismo, o en relación con su desarrollo, que el uso de esas sustancias adopta formas epidémicas que ponen en riesgo la existencia misma de la sociedad. Ejemplos de esto son el papel que han jugado productos como el alcohol o el azúcar refinado en el genocidio contra los pueblos originarios de todo el mundo, en especial de América Latina, y el papel que actualmente juega el consumo de tabaco en el planeta.
Tras la ideología de la liberalización subyace la idea de que el mercado tiende a buscar un supuesto equilibrio natural, lo que es una falsedad a todas luces. El mercado todo el tiempo genera monopolios y crea necesidades que no son humanas, sino que en última instancia obedecen a la lógica de acumulación y reproducción del capital.
Los partidarios de la liberalización quieren hacer desaparecer al Moloch de la guerra por medio del Moloch del mercado, un absurdo a todas luces ya que se trata de dos hermanos gemelos, de dos apariciones del mismo fenómeno. Como dijo Marx: «Si el dinero (...) viene al mundo con manchas de sangre en una mejilla, el capital lo hace chorreando sangre y lodo, por todos los poros, desde la cabeza hasta los pies.»
Las "guerras de las drogas" promovidas por el imperialismo no sólo se presentan bajo la forma de la "guerra contra las drogas" que conocemos en la actualidad.
Imaginemos qué pasaría si una nueva marca de crack, totalmente legal y promocionada con las más avanzadas técnicas de mercadeo, invadiese el mercado brasileño. No sólo se trataría de un problema social, sino de un verdadero acto de agresión contra la población del país sudamericano.
Aún más peligrosa sería la legalización de las drogas de diseño muy baratas de producir como el ecstasy y las anfetaminas, y aún mucho más el desarrollo desenfrenado de nuevas drogas por parte de las multinacionales de la industria farmacéutica y biogenética, con efectos mucho más potentes sobre la siquis humana. Ya hoy en día es un problema el consumo de sustancias ansiolíticas y otras, como el Prozac, en países desde Francia hasta la Argentina. Mediciones realizadas en las aguas residuales de Londres han arrojado altos niveles de Prozac debido al consumo de ese "medicamento", que es recetado hasta a los niños.
El ejemplo de la Guerra del Opio de Inglaterra y otros países europeos contra China en el siglo XIX es muy pedagógico para ilustrar el papel de las drogas como medio de conquista económica.
En el siglo XVIII, a causa de la alta demanda de té, seda y porcelana en Gran Bretaña y del bajo interés chino por las mercancías británicas, Gran Bretaña comenzó a exportar ilegalmente opio a China para contrarrestar su déficit comercial. Para 1839, el opio de Estados Unidos, Reino Unido y Francia había alcanzado a los campesinos chinos aislados mientras que los obreros gastaban casi todos sus ingresos en mantener su adicción. "...ahora el vicio se ha extendido por todas partes y el veneno va penetrando cada vez más profundamente", escribía ese mismo año el emperador Lin Hse Tsu, que había prohibido el comercio del opio, en una carta a la Reina Victoria.
Al final, los partidarios "libre comercio" imperial terminaron atacando a China con la flota más poderosa del planeta para obligarla a comprar el opio cultivado en la India británica. La guerra se extendió por 20 años más al final de los cuales el opio fue legalizado y, sobre todo, la economía china fue abierta a los intereses imperialistas de las potencias occidentales. Esto sumió al milenario imperio chino en una situación de gravísima miseria y opresión de la que no empezó a salir sino hasta la gran revolución de 1949.
Hoy como hace 200 años se produce una situación similar a una escala mucho más amplia que la que existió en el siglo XIX entre Inglaterra y la China, y en un contexto de crisis terminal del dominio occidental, a diferencia de la etapa ascendente del capitalismo industrial.
Hoy en día un núcleo importante de los países de la denominada periferia, el BRICS, se apoderan cada vez más de las cadenas de valor de la producción capitalista de mercancías, aumenta el comercio Sur-Sur y los países imperialistas tienen cada vez menos cosas de interés que ofrecer al tiempo que están ávidos de recursos energéticos, agua y materias primas de esos países. En este contexto, las drogas son una de las pocas mercancías con las que las potencias occidentales pueden esperar mantener una posición dominante en los mercados.
La solución al problema de las drogas, y al problema de la guerra contra las drogas, no se puede encontrar en el mercado sino en la política, en la capacidad de los gobiernos de hacer valer los intereses de sus ciudadanos y de sus sociedades, en la definición de lo que es salud pública y de lo que es dañino para la salud, y en su capacidad para alcanzar consensos y cooperación globales sobre esos temas.
No hace falta someterse a los dictados de la DEA para combatir exitosamente al narcotráfico. Es más, una condición para lograrlo es precisamente la de mantener lejos de nuestros países a esa institución estadounidense que dice combatir el narcotráfico pero que en realidad lo promueve al proteger a las redes criminales que son afines a las políticas de Washington.
La experiencia de los países del ALBA muestra que sí es posible defenderse del narcotráfico aún con limitados recursos. Lo que se requiere son políticas fuertes de combate a la pobreza, de prevención, de promoción de formas democráticas de gobierno, de fuerzas armadas patrióticas, adecuado trabajo de inteligencia y de capacidad para golpear a los grandes narcotraficantes.
Los gobiernos que se declaran impotentes para hacerle frente al narcotráfico y proponen legalizarlo en realidad se están declarando impotentes para hacer valer su soberanía e impotentes para imaginar y materializar un proyecto de sociedad acorde con la voluntad de sus ciudadanos.

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