jueves, 3 de mayo de 2012

Tomás y la identidad de un pueblo


Por Jorge Capelán, RLP/TcS.

El primero de mayo de 2012 Nicaragua amaneció con la tristeza de un pueblo que no se acostumbra a la muerte por más acostumbrado que esté a lidiar con ella. Hacía días que se esperaba la amarga noticia, aunque en el fondo todo el mundo quería pensar que el Comandante Tomás Borge se estaba reponiendo de su grave estado de salud y que de alguna manera saldría adelante de este trance. El de Nicaragua es un pueblo revolucionario, y como tal jamás se podrá acostumbrar a la muerte. Podrá no temerle, podrá retarla, jugar con ella y, sobre todo, rebelarse contra ella. Pero acostumbrarse, jamás.

Por eso el fallecimiento del Comandante Tomás ha tocado una fibra íntima en esta sociedad, una fibra que tiene que ver con la identidad, con el hecho de que hay una Nicaragua antes y otra después de aquel glorioso 19 de julio de 1979 que dio al traste con aquella república bananera perennemente invadida y humillada y sentó las bases de una nación independiente e integrada, a pesar de todos los reveses temporales y de todos los vaivenes de la historia. No es una abstracción, para millones de nicaragüenses se trata de vivencias aprendidas en carne propia o en la historia de sus familias.

La multitudinaria asistencia popular a la Plaza de la Revolución y a la Plaza de la Fe para despedir al comandante sandinista tiene un significado profundo obvio para para los pueblos de América Latina. Los mensajes de solidaridad con Nicaragua y de luto por la muerte de Tomás llovieron desde todo el planeta. En su mayoría fueron de gente sencilla, activistas de base que luchan por realizar ese otro mundo necesario aquí y ahora. También se pronunciaron los dirigentes revolucionarios de nuestro continente, el comandante Chávez, Raúl, Evo, Correa, los compañeros independentistas puertorriqueños y, como no podía ser de otra manera, los revolucionarios centroamericanos. Con ellos se pronunciaron los familiares de los Cinco Héroes Cubanos, el Instituto Cubano de Amistad con Los Pueblos, el Comité Gorriarán Merlo de Argentina, la Izquierda Abertzale del País Vasco y muchos otros.

Tomás pertenece a una generación de luchadores que jamás pensó en vivir para ver los frutos de su lucha, que por años y años, tercamente y en las condiciones más difíciles, mantuvo sus posiciones, tanto antes del triunfo contra la dictadura somocista como después, en los 17 años aciagos de la larga noche neoliberal. Un alumno y compañero entrañable de Fidel, con quien estuvo en contacto durante toda su vida.

El comandante Tomás Borge pertenece, junto con el Comandante Daniel Ortega, con el Comandante Carlos Fonseca, con el General Sandino, a los dirigentes más vilipendiados, pero también a los más amados, de la historia nicaragüense. En todos esos casos, la historia misma con sus tercos hechos se ha ido encargando de acallar las voces del odio y ha ido fortaleciendo las del amor. Tomar posición sobre la muerte de Tomás es también tomar posición acerca de la historia colectiva y muchas veces personal, individual, no sólo de la revolución nicaragüense, sino también continental.

Llama la atención el silencio de ciertos intelectuales críticos de América Latina y Europa a propósito del fallecimiento del revolucionario sandinista, un silencio que contrasta con la efusividad de las demostraciones de solidaridad y duelo de amplios movimientos populares y de partidos revolucionarios los últimos días. A menudo, esos mismos intelectuales tienen un pasado de apoyo a la Revolución Sandinista pero hoy hacen todo lo posible por evitar hablar de ella a pesar de lo inocultable de su presencia en los debates sobre el ALBA, la independencia de América Latina, las salidas a las múltiples crisis del capitalismo o el Socialismo del Siglo XXI.

No entender que existe una continuidad real de las ideas, los valores y en muchos casos, como en el del comandante Tomás Borge, de las personas, a lo largo de las décadas de lucha por la independencia de nuestros pueblos es no comprender algunas cosas fundamentales acerca del momento histórico tan decisivo que estamos viviendo.

El ALBA no se puede entender sin Nicaragua, no solo por haber sido fuente de inspiración a los revolucionarios del mundo en la década de los 80s, sino también porque el Frente Sandinista logró mantener vivo el proyecto de transformaciones profundas luego de la derrota electoral de 1990 y porque desde mucho antes de la victoria en las elecciones de 2007 los sandinistas abrazaron el proyecto bolivariano junto al proyecto de Sandino. En todos esos debates estuvo presente el comandante Tomás Borge.

El comandante descansa ahora en un mausoleo en la Plaza de la Revolución, en Managua, junto a los restos del Comandante en Jefe, Carlos Fonseca, fundador del Frente Sandinista, y del Coronel Santos López, miembro del Estado Mayor del General Sandino y también fundador del FSLN. Las almas que descansan en ese lugar representan lo mejor del pueblo nicaragüense en su lucha por lograr una vida digna en la que los "ríos de leche y miel" corran en beneficio, no solo de los nicaragüenses, sino de todos los pueblos del mundo.

El liberal Arnoldo Alemán intentó derrumbar el mausoleo, pero no pudo parar la historia. Hoy ese torrente humano de un pueblo que lucha por su liberación ha regresado y redescubre lo que ya antes, hace tiempo, había aprendido: Que hay que ser irreductible ante el imperio, que hay que ser implacable en el combate pero generoso en la victoria, que los niños son los mimados de la Revolución, que hay que ser mecanógrafo, hormiga, martillo como Carlos, que ya nunca más el amanecer será una tentación y tantas otras de las cosas de las que a lo largo de las décadas les ha hablado el Comandante Tomás.

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